En términos coloquiales y en clave de humor, el término consiste en lavarse la cabeza, solo que por dentro. Para tal propósito no es necesario levantarse la sesera y pasar la esponja, sino que el concepto abarca unos aspectos mucho más científicos.
La higiene mental, más conocida como salud mental, podría definirse como el estado de equilibrio de una persona, por una parte consigo misma, y por otra entre ella y su entorno socio-cultural. Existiendo tal equilibrio, se garantiza su participación laboral, intelectual y de relaciones, alcanzando de esta manera un bienestar y una calidad de vida, basada en términos mucho más complejos que en el mero hecho de disponer o no de posesiones materiales.
Pero, ¿bajo qué parámetros podemos considerar que una persona dispone o no de una adecuada salud mental? No es menester investigar muy en profundidad para hallar cualquier estudio científico, algunos de los cuáles datan ya de hace más de un siglo. Probablemente lo más conocido sean las teorías de Abraham Maslow, contenidas en las obras que dejó para la humanidad como legado. No obstante sobre el famoso modelo de la Pirámide de Maslow, está prácticamente ya todo escrito, de modo que voy a centrarme más en un estudio mucho más reciente, el de Myers, Sweeny y Witmer, si bien es cierto que guarda relativas similitudes con los trabajos de Maslow.
Estos tres autores desarrollaron un modelo de bienestar formado por:
Cinco áreas vitales:
Esencia o espiritualidad.
Trabajo y ocio.
Amistad.
Amor.
Autodominio.
Doce subáreas:
Sentido del valor.
Sentido del control.
Sentido realista.
Conciencia emocional.
Capacidad de lucha.
Solución de problemas y creatividad.
Sentido del humor.
Nutrición.
Ejercicio.
Sentido de autoprotección.
Control de las propias tensiones.
Identidad sexual e identidad cultural.
Llegados a este punto, no es necesario ser demasiado observador para percatarse sobre las aplicaciones que pueden realizarse de este modelo en la vida de un jugador, ya sea profesional o aficionado, ganador o perdedor, y sobre lo que las apuestas pueden llegar a afectar a la salud mental, e incluso física. Porque comenzando por las subáreas, un jugador que pierda el control sobre sí mismo puede:
1- Descuidar la nutrición y el ejercicio físico. El apostador patológico puede llegar a pasarse por alto las dietas regulares y saludables, ya que estima que un minuto comiendo supone un tiempo precioso en el que se le puede escapar una inversión en una suculenta cuota. En una empresa donde trabajé hace unos años, me entristecía ver a brokers financieros devorando un sandwich con una mano, mientras que con la otra realizaban con el ratón sus transacciones, al tiempo que examinaban gráficas. Desconozco qué ha sido de la vida de estos señores. El ejercicio físico queda igualmente descuidado por motivos evidentes, si estas personas no son capaces de levantarse para comer, en menor medida van a hacerlo para salir aunque sea a caminar media hora.
2- Respecto a la capacidad de lucha, está comprobado que un amplio porcentaje de jugadores perdedores asumen como normales sus pérdidas sin cambiar una sola pauta de comportamiento, o bien simplemente las achacan a la continua mala suerte. No intentan por lo tanto poner remedio a su desgraciada situación.
3- Perder el sentido del valor, del control y de la realidad, con lo que abarcamos otras tres de las doce subáreas, de las más relevantes a mi juicio. No debemos despreciar la importancia de ninguna de ellas, ni de cualquier otra.
4- Perder la creatividad y la capacidad para solucionar problemas. Se deja de ser creativo en la medida que la mente tan sólo se centra en las cuotas y los partidos. Y tan solo una pequeña parte de personas con problemas en el juego pone de su parte y da el paso necesario para afrontar el problema, como es el caso de David Fernández que ya comenté en su momento.
5- Perder de igual manera la conciencia emocional a causa de los desequilibrios.
6- Alteraciones graves en el humor. El jugador compulsivo se vuelve agresivo, tanto física como verbalmente. Determinados comentarios depositados por algún lector de este blog hace ya varias entradas son un buen testimonio de esta afirmación.
7- Y por último, su vida familiar, social y sexual puede concluir igualmente en fracaso debido al efecto dominó producido por todo lo anterior en una sucesión de fatalidades encadenadas.
Si ascendemos a las cinco áreas, no hace falta comentar demasiado ya por mi parte, todo es bastante lógico. Esencia, espiritualidad, trabajo, ocio, amistad, amor, autodominio. ¿Cuál de estos aspectos fundamentales para una vida saludable no quedaría demacrado a causa de actitudes poco saludables ante el juego?
Les invito a la reflexión durante unos minutos, estimados contertulios, este artículo al margen de las líneas introductorias del primer párrafo, no se trata de ninguna broma.
La higiene mental, más conocida como salud mental, podría definirse como el estado de equilibrio de una persona, por una parte consigo misma, y por otra entre ella y su entorno socio-cultural. Existiendo tal equilibrio, se garantiza su participación laboral, intelectual y de relaciones, alcanzando de esta manera un bienestar y una calidad de vida, basada en términos mucho más complejos que en el mero hecho de disponer o no de posesiones materiales.
Pero, ¿bajo qué parámetros podemos considerar que una persona dispone o no de una adecuada salud mental? No es menester investigar muy en profundidad para hallar cualquier estudio científico, algunos de los cuáles datan ya de hace más de un siglo. Probablemente lo más conocido sean las teorías de Abraham Maslow, contenidas en las obras que dejó para la humanidad como legado. No obstante sobre el famoso modelo de la Pirámide de Maslow, está prácticamente ya todo escrito, de modo que voy a centrarme más en un estudio mucho más reciente, el de Myers, Sweeny y Witmer, si bien es cierto que guarda relativas similitudes con los trabajos de Maslow.
Estos tres autores desarrollaron un modelo de bienestar formado por:
Cinco áreas vitales:
Esencia o espiritualidad.
Trabajo y ocio.
Amistad.
Amor.
Autodominio.
Doce subáreas:
Sentido del valor.
Sentido del control.
Sentido realista.
Conciencia emocional.
Capacidad de lucha.
Solución de problemas y creatividad.
Sentido del humor.
Nutrición.
Ejercicio.
Sentido de autoprotección.
Control de las propias tensiones.
Identidad sexual e identidad cultural.
Llegados a este punto, no es necesario ser demasiado observador para percatarse sobre las aplicaciones que pueden realizarse de este modelo en la vida de un jugador, ya sea profesional o aficionado, ganador o perdedor, y sobre lo que las apuestas pueden llegar a afectar a la salud mental, e incluso física. Porque comenzando por las subáreas, un jugador que pierda el control sobre sí mismo puede:
1- Descuidar la nutrición y el ejercicio físico. El apostador patológico puede llegar a pasarse por alto las dietas regulares y saludables, ya que estima que un minuto comiendo supone un tiempo precioso en el que se le puede escapar una inversión en una suculenta cuota. En una empresa donde trabajé hace unos años, me entristecía ver a brokers financieros devorando un sandwich con una mano, mientras que con la otra realizaban con el ratón sus transacciones, al tiempo que examinaban gráficas. Desconozco qué ha sido de la vida de estos señores. El ejercicio físico queda igualmente descuidado por motivos evidentes, si estas personas no son capaces de levantarse para comer, en menor medida van a hacerlo para salir aunque sea a caminar media hora.
2- Respecto a la capacidad de lucha, está comprobado que un amplio porcentaje de jugadores perdedores asumen como normales sus pérdidas sin cambiar una sola pauta de comportamiento, o bien simplemente las achacan a la continua mala suerte. No intentan por lo tanto poner remedio a su desgraciada situación.
3- Perder el sentido del valor, del control y de la realidad, con lo que abarcamos otras tres de las doce subáreas, de las más relevantes a mi juicio. No debemos despreciar la importancia de ninguna de ellas, ni de cualquier otra.
4- Perder la creatividad y la capacidad para solucionar problemas. Se deja de ser creativo en la medida que la mente tan sólo se centra en las cuotas y los partidos. Y tan solo una pequeña parte de personas con problemas en el juego pone de su parte y da el paso necesario para afrontar el problema, como es el caso de David Fernández que ya comenté en su momento.
5- Perder de igual manera la conciencia emocional a causa de los desequilibrios.
6- Alteraciones graves en el humor. El jugador compulsivo se vuelve agresivo, tanto física como verbalmente. Determinados comentarios depositados por algún lector de este blog hace ya varias entradas son un buen testimonio de esta afirmación.
7- Y por último, su vida familiar, social y sexual puede concluir igualmente en fracaso debido al efecto dominó producido por todo lo anterior en una sucesión de fatalidades encadenadas.
Si ascendemos a las cinco áreas, no hace falta comentar demasiado ya por mi parte, todo es bastante lógico. Esencia, espiritualidad, trabajo, ocio, amistad, amor, autodominio. ¿Cuál de estos aspectos fundamentales para una vida saludable no quedaría demacrado a causa de actitudes poco saludables ante el juego?
Les invito a la reflexión durante unos minutos, estimados contertulios, este artículo al margen de las líneas introductorias del primer párrafo, no se trata de ninguna broma.
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