Me encuentro como si saliera del armario al confesar en público uno de mis mayores temores a la hora de ejercer la actividad inversora: me horrorizan los handicaps elevados. No obstante, he comprobado que no se trata de una manía mía personal, sino que un considerable porcentaje de maestros que pueden presumir de formar parte del selecto elenco de ganadores en este gremio comparten esta extraña fobia conmigo.
Es obvio que los handicaps elevados se encuentran en el mercado cuando en un evento deportivo la diferencia de calidad entre los contendientes es muy amplia, y por lo tanto uno de ellos es claramente favorito para la victoria. En tales ocasiones, la opción de apostar a que el favorito resulta vencedor de la contienda queda descartada por cualquier inversor con experiencia, toda vez que el beneficio obtenido en caso de acierto es irrisorio, y la pérdida en caso de que ocurra el suceso inesperado puede ser considerable. Sucede precisamente lo contrario con jugadores novatos o compulsivos, que se dejan atraer erróneamente por el presunto dinero fácil que suponen las cuotas por debajo de 1,10.
Para conseguir una cuota que se encuentre dentro de niveles aceptables, el handicap ofrecido por ejemplo en un encuentro entre las selecciones de España y Liechtenstein es de al menos cuatro goles, especialmente si tiene lugar en el primero de los dos países. Es este contexto el caldo de cultivo idóneo para que me surja la duda existencial. ¿Se ensañará el equipo favorito con el débil y superará esa diferencia de goles? ¿O por el contrario aplicará la ley del mínimo esfuerzo y se conformará con cubrir el expediente, sin alcanzar tal diferencia? Tal dilema por lo general es difícil de resolver, ya que no suele existir información fiable sobre los pensamientos y las intenciones de un entrenador y un determinado número de jugadores.
En cualquier deporte, la historia es pródiga en ejemplos de las dos clases de situaciones. En Septiembre de 2006, la selección de fútbol de Alemania no tuvo piedad alguna de la débil San Marino, y le endosó sin necesidad alguna un humillante 0-13. No ocurrió lo mismo en el encuentro de baloncesto de la Olimpiada de Pekín entre Estados Unidos y Angola, en el que la ventaja de 21 puntos se antoja escasa dada la evidente diferencia entre el potencial de ambas escuadras.
De forma orientativa y dependiendo de los condicionantes concretos, estoy en posición de afirmar que en líneas generales no suelo apostar en encuentros que tengan los siguientes handicaps establecidos.
Fútbol, por encima de 2,5 goles.
Baloncesto, por encima de 12 puntos.
Balonmano, por encima de 9 goles.
Tenis: En este deporte acostumbro a apostar a ganador del encuentro, no tengo ningún umbral de puntos o sets.
Por supuesto siempre existen excepciones que confirman la norma, especialmente cuando concurran las circunstancias razonables para efectuar la correspondiente inversión.
El autor de este humilde blog se abstiene de dar consejo alguno al respecto, toda vez que lo expuesto corresponde a su forma particular de enfrentarse al mundo de las apuestas, y no constituye en ningún caso axioma ni pautas imprescindibles de llevar a cabo.
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