En España, de la multitud de sorteos organizados por la Organización Nacional de Loterías y Apuestas del Estado, el que más masa social arrastra es el celebrado el 22 de Diciembre de cada año, popularmente conocido como Sorteo de Navidad, aunque se celebra fuera de su intervalo de fechas.También es el más atractivo, ya no en cuanto al montante del premio gordo, puesto que es el Euromillón el que ostenta la primera posición al respecto, pero sí en lo que a esperanza matemática se refiere. La Lotería de Navidad reparte el 70% de la recaudación, mientras que en el resto de sorteos esta cifra se rebaja al 55%, quedando la parte no repartida para las arcas del Estado que tendrá que financiar ya no solo el sostenimiento de las instalaciones y el personal de los establecimientos de loterías, sino todos los gastos inherentes a sus competencias y tal vez algún que otro chanchulleo de quienes regentan sus cargos más elevados en la jerarquía.
Evidentemente, por suculento que sea el primer premio, adquirir un décimo de lotería no es precisamente una value bet, su valor esperado se encuentra muy por debajo del umbral que separa una inversión correcta de una errónea.
No obstante, desde este humilde blog se ha detectado una conducta en los apostantes metódicos –aquéllos que evalúan todos los factores posibles antes de efectuar una inversión y mantienen una contabilidad tabulada y detallada de su actividad- respecto al mencionado sorteo. Pese a suponer una apuesta con esperanza negativa, el apostante con cabeza ya sea en mayor o menor medida, participa en la Lotería de Navidad. Se trata pues de la excepción que confirma la regla. La esperanza matemática queda relegada a un segundo plano, adquiriendo mayor importancia cuestiones del tipo “¿y si toca?”, o “¿qué cara se me va a quedar si todos mis compañeros de trabajo se hacen millonarios y yo me quedo aquí comiéndome los mocos?”. Por otra parte se detecta que igualmente es una práctica habitual la adquisición de participaciones, en numerosos casos por compromiso, que pueden proceder de la peña rociera de una compañera de trabajo, de la parroquia del barrio, del sindicato, de alguna asociación vecinal, de algún colegio cuyos alumnos necesitan costear su próximo viaje de fin de curso y de un largo etcétera. En estos casos la esperanza matemática es aún si cabe más negativa, ya que el importe a abonar suele incluir un recargo que cubre mucho más allá del coste de impresión del fajo de participaciones.
Personalmente a mí ayer sin ir más lejos, un conocido me abordó sin oportunidad de escapatoria con su librillo de papeletas, con toda la simpatía que le caracteriza y con algo de rostro. Me ofreció la lotería de su asociación, indicándome además que “sólo te robo un euro”. Admito que me hicieron gracia estas últimas palabras, no tanto a mi bolsillo que se desprendió de un bastante desgastado billete de cinco euros. Calculemos la esperanza matemática de la transacción: Si de cinco euros juego cuatro y de esos cuatro el Estado reparte el 70%, nos encontramos con que realmente el importe destinado al posible premio es de 2,80 euros. El valor de mi apuesta por tanto es de 0,56. Evidentemente a lo largo de mi vida he llevado a cabo negocios mejores que el de ayer.
Si para el apostante con cabeza el sorteo de Navidad supone una ocasión especial por el cambio de hábitos que conlleva, a efectos del jugador impulsivo la fecha de su celebración es como otra cualquiera, supone afrontar al igual que el resto de los días una apuesta con esperanza negativa, sin ningún criterio razonable y quedando el retorno de la inversión a merced de la suerte. En lo que coinciden ambos tipos de apostantes es en lo que se frotan las manos durante los instantes anteriores a que comiencen a girar los bombos pensando en el supuesto de que el número que llevan impreso en su décimo o participación se corresponda con el del primer premio, y en las expresiones pronunciadas al finalizar la extracción de bolas, todas ellas del tipo “otro año será” o “lo que importa es que la salud acompaña”.
Apreciados lectores, culminada la perorata del día, ¡tan sólo me queda añadir que les deseo toda la suerte del mundo!
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