Las mujeres nos acusan a los hombres continuamente de incapacidad para llevar a cabo dos tareas al mismo tiempo. Dicha afirmación es cierta o falsa según el hombre de quien se trate, puesto que me consta de uno a quien podemos calificar de hombre-orquesta a merced de todas las actividades que emprende. A saber: asesor, traductor, webmaster, vendefutbolines y director de una revista.
Hace algunas semanas llegó a mis oídos la noticia de que el lanzamiento del número uno de dicha revista era inminente, y la curiosidad pudo con mi fuerza de voluntad, de modo que marqué en el calendario la fecha señalada como si de una fiesta de guardar se tratara, y llegado el día acudí presto a adquirir un ejemplar.
No vayan a creer ustedes que la maniobra fue empresa fácil, puesto que las sensaciones que experimentó mi cuerpo en el momento de la operación fueron muy similares a las de mi época de adolescente, cuando le solicitaba al kioskero la revista Playboy para mi hermano mayor, o bien le pedía un paquete de chicles, un kitkat, el periódico, un bono-bus y esta revista, empleando en estas dos últimas palabras un tono de voz considerablemente más bajo de lo habitual.
Con arrojo, tesón y un billete de cinco euros, di el paso definitivo, adquirí la revista, entregué con la mano temblorosa el billete al kioskero y a punto estuve de partir corriendo del lugar sin recoger el cambio, pero finalmente esperé unos segundos que se me hicieron interminables a que me devolviera mi euro y medio.
También cabe indicar que no puse en marcha el dispositivo de ocultamiento que tenía preparado en mis aposentos, en forma de barba postiza y gafas de sol, sino que realicé la transacción a cara descubierta, si bien debo admitir que indagué hasta encontrar un kiosko que se hallara fuera de mis lugares habituales de paso y al que probablemente no regrese en mi vida. De hecho hasta he barajado la posibilidad de autoimponerme una orden de alejamiento que me impida acercarme a un radio de menos de un kilómetro de ese puesto de periódicos.
Comienzo a leer el ejemplar adquirido por las primeras páginas, tras el sumario y algo de publicidad, y en el editorial encuentro una frase bastante misteriosa del hombre orquesta: “Sólo me queda […] invitaros a leerla, a que nos critiquéis (sin ser muy malos), y…”. Con estas palabras entiendo que tengo carta blanca para efectuar una crítica constructiva, aunque con el matiz de “sin ser muy malo”, lo cuál me desorienta, puesto que desconozco qué ha querido su escritor decir exactamente con esta misteriosa expresión en ese contexto.
Dado que esta entrada ya se está extendiendo más de lo debido, será en la siguiente cuando destripe la revista y exponga sus luces y sus sombras, todo ello por supuesto sin ser muy malo.
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